¡¡EHHHHH… CHANGOOO!! No sábes las ganas que tengo de estar en Santiago…
me dijo ese día entrecerrando los ojos y mirando el patio a través de la ventana, donde colaba sus rayos el sol del mediodía sureño. Mientras compartíamos la última hora de la jornada en la Preceptoría del Colegio.
Así transcurrían esos momentos de charla con mi compañero el Chango Esteban. Y yo para que la nostalgia no le gane a su emoción le hacía algún chiste o simplemente le tiraba algo que le hiciera enojar y se saliera de su tema de “irse”. Porque supuestamente faltaban como dos o tres (largos cortos años).
Él me decía que quería fabricarse con sus propias manos un rancho de barro, donde solo estuviera en contacto directo con la naturaleza. No importa que no tenga luz eléctrica, ni teléfono, ni televisión. Y ahí nomás de un salto de la silla apretaba el puño derecho de su mano, y con tono BIEN SANTIAGUEÑO entonaba:
-¡¡Ahí voy a ser feliz chango!!
El rezongaba por muchas cosas, y decía bien firme que la tecnología, y los ruidos urbanos eran su hastío. Porque su niñez de chango fue de vida silvestre en el campo silencioso, con su padre de oficio de Guardaparques, su madre docente y sus hermanos. De más está decir que muchos de los que escuchábamos sus proyectos en el monte de Santiago nos costaba creerle que el sumiera el resto de su vida a estar hundido en un catre dentro de un rancho de adobe, solo con lo necesario para vivir, y alejado de la ciudad. De hecho, siempre alguno de los presentes le soltaba casi como provocándolo:
-¿Que te vas a ir a vivir vos a un lugar así Chango? Si a vos te gusta la comodidad, y estar cerca de tus hijos y tus nietos.
Y él sonreía y decía:
-Ya vas a ver… ya vas a ver… mis hijos y mis nietos van a tener que ir a verme donde yo esté chango.
El Chango Herrera, como le decíamos los compañeros, los amigos y los alumnos. Antes de irse dejó la impronta de una personalidad muy fuerte que muchas veces llevaba a la discusión muy elevada de tono. Que hasta te podrías pasar tres días apenas saludándote con él. Y al cuarto seguir trabajando en grupo como si nada. Pero ese mismo tipo que soltaba todo su enojo en voz alta y mucho ímpetu, era el mismo que muchas tardes supo acurrucar y levantar con ternura en brazos a mi hijo Juan Ignacio en la cocina de la confitería del Colegio, y a pesar de las diferencias generacionales, Juani ya siendo niño, me decía:
-¡Papá! ¡El Chango es mi amigo!
En su trabajo de Preceptor, a él le gustaba hacer recorrer todo el Colegio a los alumnos de primer año recién ingresados al nivel secundario, como si fuera un guía de turismo. O a veces se ponía a armar estadísticas informales de rendimiento de sus alumnos que solo despertaban una mirada pícara de otros preceptores que le daban una que otra opinión socarrona. Algunas veces llegó a la preceptoría preocupado por no haber podido manejar el sistema bancario virtual “BANJOMKINS”… y casi nadie de los que escuchamos nos causó gracia. ¡Mentira! Hasta el día de hoy nos reímos de BANJOMKINS HERRERA.
Pero el día que le salió la jubilación, nos quedó un sabor raro a los pocos que le pudimos dar ese abrazo en la despedida, ya que él nunca entendió los protocolos formales de ese momento, no los consideraba, y repetía riéndose:
-Hay muchos acá que no ven la hora de despedirme.
Sin embargo, desde ese momento fueron pasando los días y las jornadas. Y más de una vez al terminar una reunión de trabajo en el Colegio los compañeros que aprendimos mucho con él, todavía repetimos:
¡¡QUE LO PARIÓ!! COMO SE LO EXTRAÑA AL CHANGO!!
Mientras tanto el Chango Esteban, fue el único de esa camada de jubilados que cumplió con su palabra…

Fotografía del Rancho del Chango