SEMBLANZA | «EL DORO» DE SANTO TOMÉ

Foto: Rafa Fleitas.

La mañana cae soleada y caliente sobre las veredas de la San Martín del viejo pueblo, que lucha con el paso del tiempo con sus calles anchas, y algunos árboles que con sus sombras son un bálsamo ante las altas temperaturas reinantes de ese verano.

El sábado por la mañana es el momento donde algunos aprovechan para hacer la changa, y los más grandes, ya jubilados, agarran su vieja bicicleta balón y sombrero de paja para irse a buscar unas mandiocas al chacrerío o simplemente pasar por la carnicería a husmear una carne linda que pueden disfrutar el domingo mientras escuchan un chamamé. Es un paisaje de tiempo estival de pocos tacos que suenan, y muchas ojotas y chinelas. Ya que calentamiento global hace la mella en la coquetería y elegancia femenina.

Todo transcurre en el ir y venir de la previa al descanso del fin de semana que ya está andando, cuando de lejos se lo ve caminar con los brazos abiertos, con su remera características, de alpargatas desflecadas, el escaso pelo que le queda recién mojado y bien peinado, viene ocupando toda la vereda y el sol, aleteando con sus brazos como siempre, en ese andar que tiene raro y extravagante, para no pasar inadvertido, y con los ojos entrecerrados. Y sonriendo como adivinando el pensamiento de todos los que lo observan. Y a pocos metros de llegar al lugar donde estamos y calculando bien que podamos escuchar, simula discar una llamada en el teléfono celular “que no está”. Disca con las yemas de sus dedos la palma de su otra mano, y entabla una conversación a los gritos:

– ¡Hola! ¿Capataz?… sí chamigo, estoy yendo. ¡Recién me levanté, anoche estuvimos comiendo un asado con la gurisada y me empedé! ¡Si!! chamigo amanecimos. ¡Pero no te preocupes porque el camionero ya sabía cuántas vacas y novillos tenían que cargá! Vo no te preocupe, nos vemos ésta noche en el club.

He de decir que las personas que me acompañaban escuchando y viendo esa escena del llamado telefónico imaginario, ya sabíamos más o menos el guion, que palabras más palabras menos, viene repitiendo hace tiempo. Porque Doroteo Acosta es un ganadero imaginario que transita las calles del pueblo a cualquier hora. Es una persona inofensiva e inocente. Que vive un submundo plagado de frases y hechos que su cabeza fue construyendo de lo que escuchó en cada charla con gurises amanecidos en una confitería o un asado de amigos de profesionales y ganaderos de la zona donde fue invitado.

Alguna vez su imaginación lo puso de novio con una de las guainas más lindas del Pago, pero en la misma imaginación el desmentía esa relación amorosa argumentando que no quería tener problemas con los padres de la agraciada dama. Así que contaba escenas donde ella le prodigaba amor y alguna propuesta de ir más allá de un tímido beso, a lo que él le respondía:

– ¡Mira guainita! Yo no quiero tener problemas con tus padres, así que agarra tu ropita y anda nomás para tu casa.

Doroteo Acosta es conocido como el popular Doro. Y cualquiera que pase cerca no puede evitar irse con una sonrisa, ya que él es ganadero, tiene agencias de autos. Es bien guainero (léase mujeriego) Anda a la disparada porque sus peones no quieren trabajar en el campo y dos por tres echa alguno por vago, según él. Y cuando pasa por enfrente de un grupo de gurisadas que algo le dicen, él le grita de vereda a vereda:

– ¡VAYAN A TRABAJÁ MANGA DE VAGO!

Por estos días al Doro le dio un patatún, de esos cerebrales que te dejan medio medio, y está en recuperación al cuidado de sus sobrinas y sobrinos. Y con esta semblanza le vamos a dar fuerzas y queremos levantarle el ánimo para que siga andando como siempre por las veredas y calles de nuestro pueblo.

Así es el Doro, que aparece y desaparece de la nada. Inclusive en esos días donde las cosas no te salen bien, Dios te lo manda un rato para que te cambie la cara y el humor. Pero estoy casi seguro que si un día uno de esos directores surrealistas del cine quisiera hacer una película de mi pueblo. La película estaría incompleta si no existieran en el guion todos los Doros que transitaron y transitan como duendes los rincones más impensados de ese lugar mágico que solo ellos conocen y nos hacen ver.