El Claudio hace muchos años se fue de Santo Tomé y actualmente vive en Paraná, con su familia conformada por su esposa y dos hijas. Él es un santotomeño empedernido, que cuando va al pueblo, sin importarle la temperatura, se pega un chapuzón en el Río Uruguay; como bendiciéndose, para después volver y completar el ritual, con unos mates bien calentitos con su mamá maestra Doña Susy Cohen.
Claudio comienza la charla diciendo:
Mi vieja se llama Susana Cohen y es una santotomeña que vivió toda su vida en Santo tomé, y ahí sigue vive viviendo. Nosotros somos tres hermanos. Mi hermana que nació cuando yo tenía un año, y mi hermano Abel que nació cuando yo tenía trece años. Que era el chiquito de la familia digamos, porque cuando él nació nosotros ya éramos adolescentes. Y le ayudábamos a mamá con mi hermano, sin que eso signifique un sacrificio, ya que jugábamos con el gurí. Era un entretenimiento y una distracción para mi hermana y yo.
Claudio tu mamá ¿es docente de profesión?
Sí, mi mamá es maestra. Ella se recibió de Maestra Normal Nacional, que era el título con el que egresaban de la Escuela Normal en su época. Y enseguida empezó a trabajar. Anduvo por muchas escuelas del Pueblo. Hizo muchas suplencias, A veces hasta en nocturna. Hasta que pudo titularizar después de diez años de trabajo. Y por esas cuestiones de necesidad económica siempre tuvo que buscar un turno más.
¿Cómo era en tu casa tu madre Claudio?
La Susy era exigente en la Escuela, y esa misma exigencia la llevaba a la casa. Ella fue mi maestra en séptimo grado. Pero creo que de acuerdo a como la recuerdan sus alumnos era una persona recta, pero tampoco le esquivaba al cariño, eso hacía que fuera una maestra muy querida. Como nosotros la hemos querido como madre no. Era una forma también de tener autoridad.
¿Recordás qué fue lo primero que te enseñó tu mamá?
No recuerdo bien como algo específico, pero una de las cosas que le reconozco es el haberme abierto el camino a la lectura, desde acercarnos a libros, a acompañarnos y animarnos a leer. El hecho de cuando yo estaba en tercer grado me hizo socio de la Biblioteca Popular, y en ese sentido a animarme a atracarme con cualquier libro. A no tenerle miedo por más pesado y tedioso que sea el libro que me atracara igual. Eso se lo debo yo a la Susy. De hecho, es uno de los vínculos más fuerte que conservo. Siempre que la llamo para charlar una de las cosas que nos contamos es que estamos leyendo. En estos días de la pandemia siempre le pedimos que no salga mucho, pero siempre nos cuenta que anda intercambiando libros con sus vecinas amigas. Y otra cosa compartida con mi viejo fue la actitud de dignidad, el de no arrugar, de encarar siempre. De no escapar de los problemas, sino que afrontarlos. Y esta cosa ¿no?, de ser medio retobados y que no te quieran cabrestear así nomás. Y que nosotros no tenemos precio. Todo eso sin decírmelo.
¿Desde dónde se fortalecían los sueños y los anhelos en tu casa?
Yo nunca tuve unas zapatillas de marca. Los primeros años me tocaron las kipis de plástico y goma que con la humedad se formaba una crema marrón dentro de la zapatilla. No es que hayamos vivido llorando miseria, pero no había muchos problemas en vivir sencillamente. Nosotros tenemos abuelos inmigrantes que llegaron sin nada y tuvieron que hamacarse. Y por mis padres me crie en un hogar trabajadores, por eso muchas de las enseñanzas estaban de lo que aprendíamos con el ejemplo.
¿Todo eso se lo pudiste transmitir a tus hijas en cierto modo?
¡Sí! Hoy a uno como padre le toca un poco más lidiar con esas cosas del consumismo. Pero una a podido aprender a que se puede ser gente sin la necesidad de las etiquetas de las grandes marcas.
Los cumpleaños Claudio ¿Qué recordás?
No tengo muchos recuerdos y no tengo fotos tampoco. Y por mi edad, ligar un fotógrafo para que saque la foto era muy costoso, inclusive a veces se sacaban las fotos y los rollos quedaban guardados meses antes de llevarlas a revelar. Y si recuerdo cuando había cumpleaños, es porque había trabajo muy amoroso de mi vieja; lo mismo los regalos de navidad y de reyes. Siempre había que apelar a la artesanía y a la creatividad sin llegar a la billetera.
¿Te has peleado o te has enojado con tus padres por querer tener algo y no poder tenerlo en la adolescencia?
No, por esas cuestiones no. Si me he peleado por otras cosas, no por cuestiones económicas. También tuve la libertad de empezar a trabajar por mi cuenta changueando. Creo que tenía once años cuando hice la primera instalación eléctrica en una casa, y desde entonces siempre que necesité guita para otra cosa que no sea para comer me la pude rebuscar por la mía. Esa discusión por el “me das” nunca existió.
¿Cómo se llevaba tu madre con tus amigos?
Realmente nuestros amigos eran como integrantes de las familias. Voy a nombrar tres amigos de mis primeros años: El Toco Godoy, Víctor “Huevito” Prigioni y el otro Walter Cataldri; que cuando terminó la primaria se fue de Santo Tomé. Y con ellos, digamos, la madre de cada uno de ellos era mi vieja, y mi mamá también lo mismo. Nos conocíamos bien. Es más, cada mamá de un amigo sabía de una sinvergüenzada en la que cada uno podía caer.
¿En qué lugar de algún rasgo de tu madre te encontrás en tu profesión?
Me costó mucho emparentarme con ese rasgo de maestro, ya que mi hermana, mi tía y mi madre eran maestras. Yo en algún momento quise escapar a de esa marca familiar. Me llevó mucho tiempo amigarme con el compromiso de ser maestro y educador. Pero después, conocí la comunidad de la escuela donde estoy, que fue acercándome a mis alumnos y a sus familias. Ahí empezaba a aparecer la figura de mi vieja, cosa que le agradecía haberme brindado. Como así también cosas que yo no quería repetir, por las cuestiones generacionales ¿no? Pero habían cosas de mi madre, como ser por ejemplo, la de preocuparse por la vida de sus alumnos. Es una cosa que a mi enseguida me salió muy fácilmente, como ser: un pibe que es golpeado o no se alimenta bien va a tener dificultades.
¿Los límites cómo se marcaban en tu casa?
Se marcaban muy fuertes y no había negociación. Eso era una de las cosas que generaban enfrentamientos y peleas entre nosotros obviamente.
¿Te quedan palabras o cosas pendientes con tu madre?
¿Vos sabés que no? Por suerte no. Lo mismo pasó con mi viejo. Él se murió cuando yo tenía treinta y tres años y éramos compinches, y hasta el día de hoy creo que no se fue con cosas por decirse. Con mi vieja pasa lo mismo. Hemos podido decirnos las cosas amablemente que nos han hecho bien del otro, y también hemos podido pelearnos por las cosas que teníamos que pelearnos. Hemos ido reparando cosas que nos faltaron reparar en su momento.
De todos modos, siempre hace falta decir que uno quiere y ama mucho a su madre. Y yo soy medio tacaño en decirlo, y si bien no las digo con la boca, las digo con algún otro gesto, algún mimo, algún abrazo. Eso siempre fue muy común en mi casa. Mi vieja dentro del cariño siempre lo sabía expresar de distinto modo. Y eso lo aprendí. Hoy en día esas cosas que son sinceras también las escribe.
A mí la figura de mi vieja me sirve mucho para hacer pedagogía y discusión filosófica de la vida, por decirlo de algún modo, rebuscado y grandilocuente. Y sobre todo este año donde hay una ENORME NECESIDAD DE CORRER AL ENCUENTRO DE IR A JUNTARME CON ELLA.